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Thomas Jefferson, tercer Presidente de los
EE. UU., ya se percató en 1802, del peligro de los bancos y, en
consecuencia, de los banqueros. Si por entonces hubiesen existido las
Cajas de Ahorros, su opinión hubiera sido aún peor.
Jefferson pensaba así:
“Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras
libertades que ejércitos enteros listos para el combate.
Si el pueblo americano permite un día que
los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las
instituciones que florecerán en torno a ellos, privarán a la gente de
toda posesión, primero por medio de la inflación, seguida por la
recesión, hasta el día que sus hijos se despertarán sin casa y sin
techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.
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